Date cuenta

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Imaginate esto: vas manejando de noche y frenás en un semáforo. Sentís movimiento cerca tuyo, cuando mirás ves a un flaco que te está apuntando un arma y te dice “bajate”. Tratás de no entrar en pánico y despacio te bajás del auto. Quien sea que te está robando, sube al auto y se va.

Cuando pensás la pérdida, la denuncia que vas a tener que hacer, los trámites con el seguro y el garrón obvio de no tener el auto, ¿te va a importar la apariencia física del tipo? Si el ladrón era bajito, gordo y feo, ¿te molestaría más tu situación actual que si fuera Mr. Músculo? Si te hubiera robado el Brad Pitt de 1997, ¿irías a tomar el colectivo la mañana siguiente con una sonrisa en la cara? No creo.

Más importante aún, vas a hacer la denuncia policial más allá de su atractivo físico. El hecho en sí no cambiaría y cuando cuentes lo que te pasó al policía que te esté escuchando vas a describir los rasgos físicos de este tipo pero para que lo identifiquen/metan preso y no como una forma de agravar o alivianar la situación.

Voy a esto porque hace poco escuché a una compañera de trabajo de unos cincuenta años contar una historia de acoso laboral que me llamó la atención.

Ustedes saben cómo soy yo, a mí me gusta joder y hacer comentarios picantes todo el tiempo pero hay cosas con las que no se joden.  En el sector donde estaba antes de venir acá había un gordo horrible que no sabía cuándo parar. Tenía rulos y le decían “el diego”, supongo que en algún momento se habrá parecido a Maradona cuando era joven pero para mí se parecía más al Maradona del partido despedida. Siempre, cuando lo abrazaba para saludarlo, él tardaba en soltar y me apoyaba. Intentaba apoyarme, bah, la panza casi no lo dejaba. Yo eso lo fui tolerando porque no me parecía tan grave, hasta que un día se ve que tomó mucho en la comida porque cuando yo me iba y lo fui a saludar me agarró y me clavó un beso. Lo saqué en seguida y lo mandé a la mierda, empecé a los gritos ahí en la oficina, no me importó nada. Me dio mucha bronca porque yo nunca le di cabida para que él hiciera eso. Si yo le doy luz verde a un tipo que me haga lo que quiera pero nunca le di ninguna señal a este para que me diera un beso. El gordo se disculpó rápido y después el trato fue mucho más frío, obvio. Ahora me pregunto yo, ¿cómo se puede ser tan pelotudo para no darse cuenta que yo no lo podía ni ver?

 

El pecado original

La verdad es que me costó entender que estaba mal con esta historia. Me hizo ruido cuando la escuché, pero cuando vi que todos mis compañeros de trabajo asentían en silencio y se limitaban a acotar “no, que zarpado” pensé que era cosa mía.

Cuando me puse a pensar en frío entendí un poco más que era lo que realmente le molestaba. El hecho que un hombre que para ella tenía un bajo atractivo físico se sintiera habilitado para darle un beso en frente de todos la ofendió más que el beso en sí.

Por supuesto que mi primera reacción a esta idea fue rechazarla, casi como un reflejo motriz. En líneas generales, no está bien visto dudar del testimonio de una persona que cuenta algo feo que le pasó y sin duda ella contaba esta historia considerándola acoso laboral. Me costó un poco aceptar que lo que estaba en debate acá no era el clásico “tenías la pollerita muy corta”, sino otra cosa: lo que esta mujer consideraba inaceptable tomaba un giro de 180° dependiendo exclusivamente de la atracción física que sintiese hacia la persona que llevó a cabo esta acción.

En otras palabras, si Brad Pitt le roba el auto, ella se va a tomar el bondi con una sonrisa de oreja a oreja.

El no ser lindo se transforma en una especie de pecado original según el filtro que se usa para determinar que tan ofendida se va a sentir y, en consecuencia, que tan grave va a ser lo que sea que haya hecho el varón en cuestión.

 

Señales

La parte de la historia que más me llama la atención es:

Si yo le doy luz verde a un tipo que me haga lo que quiera pero nunca le di ninguna señal a este para que me diera un beso.

Lo que marca la ofensa, sumado a su fealdad, es la incapacidad de este tipo para entender las señales que esta mujer le mandaba. Su falta de viveza para leer entre líneas y captar el mensaje que ella realmente estaba tratando de transmitir.

El inconveniente con esto es claro: que es una señal y que no suele ser subjetivo para cada mujer. “La apoyo cuando me abraza y ella tarda en soltar, debe estar muerta conmigo. Además, si hiciera lo mismo con otra compañera de trabajo me pega un cachetazo enseguida”, probablemente haya pensado el pobre gil.

Poco a poco, el ser torpe socialmente y tener dificultad para descifrar esta comunicación indirecta o encriptada empieza a transformarse en una característica que trae consecuencias graves. Se terminó la época en la que los hombres se preguntaban “¿qué quieren las mujeres?” de la misma manera que los cavernícolas se preguntaban por qué llueve.

Ya sea para un hombre que busca protegerse de terminar compartiendo la historia de su repentino y trágico divorcio en un foro de internet con otros hombres que vivieron una situación parecida, o para uno que busca evitar ser el feo, desubicado, pijacorta que no supo leer las señales y terminó con una queja en recursos humanos (que no suelen aplicar eso de “inocente hasta que se pruebe lo contario”), el potencial precio a pagar por no tener la respuesta a esta pregunta es más alto que nunca.

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