La muerte del patriarcado en Argentina

Mi intención con este blog es hacer, dentro de mis posibilidades, un análisis de la dinámica intergénero dentro del contexto de la sociedad argentina. En el intento seguramente tocaré temas como la TV o, como en esta entrada, historia/política pero siempre que lo haga intentaré que sea de una forma aséptica, con el foco puesto en el objetivo original de este espacio.

Dicho esto, vamos a lo nuestro.

Cuando escribo esto Argentina entra en su año 36to consecutivo de gobiernos democráticos ininterrumpidos por golpes militares. Un breve repaso por la lista de presidentes argentinos deja en claro que la norma, sobre todo desde la Ley Sáenz Peña, fueron ciclos de (aproximadamente) diez años de gobiernos democráticos, diez años de dictaduras militares. Durante esos años, una intervención militar del orden democrático era, generalmente, juzgada como buena y necesaria ya que, se creía, iba a poner un poco de orden en medio de tanto caos. Esto se rompe después de la dictadura militar iniciada en 1976 y tiene mucho que ver con sus acciones. 

El llamado Proceso de Reorganización Nacional tuvo consecuencias tan negativas para el país, sobre todo desde el punto de vista económico, que obligó a las élites que conducen la nación a decidir cuándo un gobierno es legítimo y cuando no. Con el comienzo de la democracia tanto las fuerzas armadas como cualquier institución o grupo social que estuvieron fuertemente asociadas a ellas en el periodo ’76-’83 sufrieron una fuerte disección y/o reforma. 

Dicho de otra manera, las instituciones sobre las cuales una sociedad patriarcal se erige (las fuerzas armadas, la iglesia, el matrimonio, la familia) fueron juzgadas dañinas y peligrosas o en el mejor de los casos anticuadas e innecesarias. 

En el caso de las fuerzas armadas como en el de la iglesia, su reforma fue hecha de una manera consciente y activa por parte del Estado. El enjuiciamiento de los militares que participaron en la desaparición de personas, el fin de la colimba y los intentos de terminar el financiamiento de la iglesia son algunos de los ejemplos de esto. 

En el caso del matrimonio y la familia me resulta más interesante, sobre todo por lo mucho que se ve afectado por los vaivenes de la economía.

Por un lado, dudo mucho que los legisladores que en 1987 votaron la ley que permitía volver a casarse a aquellos matrimonios que se divorciaran que 30 años después la tasa de divorcios iba a estar en el 50%.

Por el otro, hay que hacer malabares mentales para no encontrar una relación directa entre que el porcentaje de población activa femenino dentro del mercado laboral no crece desde 2002, mismo año en el que Eduardo Duhalde empieza a revolear planes sociales.

 

Nuevo orden

Poner una fecha exacta a la muerte del patriarcado en Argentina es imposible, ya que un orden social es complejo y está compuesto tanto por leyes del Estado como por convenciones sociales y cualquier síntesis que pueda hacer de estas dos cosas el ambiente cultural.  

En lo personal, se me hace difícil denominar patriarcal a una sociedad con las características que acabo de describir y donde una de las comedias más populares de los últimos años es “Un novio para mi mujer”, una película en la que un pobre gil le paga a otro hombre para que por favor se garche a su esposa y así se pueda separar sin cargo de consciencia. 

Desconozco que nombre tiene el orden social actual, entiendo que “matriarcado” implicaría que todas las posiciones de poder son ocupadas por mujeres, cosa que no pasa actualmente. Lo que si sucede es que aquellas personas que ocupan esas posiciones de poder o influencia se sienten obligadas a rendir tributo o dar explicaciones ante cada una de sus acciones o declaraciones que no coloque al género femenino como poseedor de otra cosa que no sea verdad, luz y bondad. 

Por falta de mejores términos, de ahora en más voy a usar “orden social prioritario femenino” aunque suene para el orto. Si a alguno de mis lectores se les ocurre algo mejor, por favor, no duden en sugerirlo.

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