Hacete hombre

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Un par de posteos atrás hablé un poco sobre la nota de la revista de La Nación en la cual se preguntaban “¿qué se espera de los hombres?” y las respuestas coincidían en líneas generales con la narrativa feminista, pero me llevó a pensar en lo particular. Olvidando mandatos sociales de la difunta sociedad patriarcal y los mandatos sociales del actual orden femenino primario, ¿qué esperamos los hombres de otros hombres? ¿Qué características buscamos a la hora de hacer amistad con alguien?

Enseguida se me vino a la cabeza la frase “poco hombre” y pensando un poco me di cuenta que ese descalificativo solo se lo escuché decir a mujeres. Nunca en mi vida escuché a un hombre descalificar a otro usando ese término.

Entonces, ¿qué palabras usamos para descalificar a otros hombres que no consideramos dignos de confianza o personas en las que no se puede confiar?

Cagón, inútil, flojo y traidor.

Voy a elaborar un poco sobre cada una.

 

Cagón/cobarde

Esta es quizás la más sencilla de las cuatro. Es muy difícil confiar en alguien que ante la primera dificultad que se le presenta elige abandonar. No existe peor destino que Ir a la guerra rodeado de hombres que al primer tiro se van a esconder en un agujero en la tierra y no van a salir hasta que estén seguros de que todo terminó. En el fútbol se usa el término pechofrío, pero se entiende que ángulo toma la descalificación.

 

Inútil

Todo hombre tiene una línea de actividades en las que se especializa y lo transforma en valioso para el resto de su comunidad, algo de lo que hable un poco más en Competencia. Ahora, encontrarse con alguien que no domina con maestría cual sea su trabajo enseguida dispara una reacción instintiva que se suele traducir en un “me parece que este flaco no tiene la más puta idea de qué está haciendo”. Ya sea para un chofer de colectivo, ministro de economía o un neurocirujano, cada vez que confiamos parte de nuestra seguridad en otra persona buscamos asegurarnos que domina totalmente la rama en la que se especializa.

 

Flojo

No encontré mejor palabra para resumir lo que sería falta de fortaleza. Ya sea física, mental o emocional

Hasta acá suele haber consenso en la importancia para ambos géneros que un hombre sea valiente, capaz y fuerte. Puede que estas características estén apuntadas a distintas cosas, claro. Es probable que un hombre exija fortaleza física a sus amigos, en caso que se tengan que defender de otros hombres que los quieren cagar a piñas; en el caso de la mujer, quizás sea fortaleza de espíritu para hacer un trabajo que odia pero sirve para pagar las cuentas.

El motivo por el cual la imagen de esta entrada es Maxi López negándole el saludo a Mauro Icardi es porque, entiendo, ahí es donde existe la mayor diferencia en expectativas entre  géneros.

 

Traidor

Los hombres consideramos la traición una ofensa, por lo menos, tan grande como las anteriores. Suele ser mucho peor recibida ya que no se trata de una persona que no quiere pelear, o no sabe pelear, o no puede pelear, sino de alguien que peleaba para nosotros y eligió cruzarse de lado. La traición de Icardi resonó tanto en los hombres argentinos que empezamos a usar el apellido del flaco para definir al falso amigo y algunos consideran que es el motivo por el cual no tuvo tantas chances en la selección.

¿Por qué aclaro esto? Porque para la narrativa que prioriza los intereses de las mujeres, Icardi no hizo nada mal. Icardi no es “poco hombre” de acuerdo al orden social actual. Al contrario, no solo rechazó los mandatos patriarcales de “códigos” entre hombres, sino que aceptó invertir tiempo y recursos en la crianza de hijos que no son suyos.

Bajo el orden social actual Icardi es el modelo a seguir, el hijo sano del feminismo.

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Competencia

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Hace poco en un asado con unos compañeros de trabajo uno empezó a contar un poco sobre el equipo de baby futbol que dirige en uno de los clubes que hay en su barrio. Interesado le pregunte si era escuelita y me dijo que no, competían en ¿FEFI? creo me dijo, en fin, una de las federaciones de fútbol infantil. 

Enseguida empezó a detallar como los chicos (7-8 años) se lo tomaban muy en serio, no querían perder nunca y no tenían ningún problema en ir al banco todo el partido si entendían que el titular estaba en mejor nivel que ellos. Los “ay, que horror” y “eso es porque los presionan los padres” no tardaron en llegar, sobre todo de quienes tenían hijos que, por supuesto, se horrorizaban ante la idea de que su hijo participara en una competencia tan salvaje.

La conversación cambió de tema cuando se prendió la playstation que había en la casa y, mientras se cargaba el Fortnite, mis compañeros de trabajo que se habían espantado ante la presión que tenían los chicos de baby futbol empezaron a contar lo en serio que sus hijos (entre los 6 y 10 años) se tomaban ese juego. “No sabes como se ponen mis nenes cuando juegan a esto! Se matan!”, agregaron después como miran tutoriales en youtube y discuten entre compañeros de la escuela sobre cual es la mejor combinación de armas del juego. 

El deseo de competir que tienen la mayoría de los chicos se reprime, se tiñe de emociones negativas (violencia, egoísmo) o directamente se esquiva. No son pocas las escuelas que sortean abanderado y escoltas, buscando así evitar la competencia que se puede presentar entre alumnos a la hora de tener la mejor nota y la tristeza que sienten los que quedan en el camino o directamente ni son tenidos en cuenta.

En algún momento, el impulso por ser mejor, por ganar y competir fue tachado de anticuado e innecesario. Se juzgó a la energía que curó enfermedades, construyó puentes y empujó la historia de la humanidad toda como opresora y dañina. 

 

Sé vos

¿Qué importa, a fin de cuentas, quién es más inteligente, más rápido, más fuerte? Todo eso es superficial, lo que importa es lo de adentro, ser buena persona. “Sé vos, no más, que al mundo salvarás”, dice la canción de Almafuerte.

La mentira más grande de nuestra época tiene un atractivo irresistible. Porque, ¿a quién no le gustaría creer que es así? Es un anhelo tan potente como universal. No haría falta ningún tipo de examen, ni juicio sobre nuestra persona. Cuando fuésemos a sacar el registro para manejar nos lo darían sin mayor trámite, porque lo que importa es lo de adentro. 

En una entrevista de trabajo ya no serían relevantes nuestras habilidades, calificaciones, referencias ni experiencia laboral, porque somos buenas personas y con eso es más que suficiente. 

En los casamientos, los novios se juran que sí, que se van a amar tanto en la salud como en la enfermedad, en la riqueza como en la pobreza, hasta que la muerte los separe. La realidad interviene, por supuesto, salvaje y despreocupada por nuestros sentimientos.

Somos tan buenos como la suma de nuestras habilidades, tan valiosos como lo que tenemos para ofrecer al resto de las personas. 

Lloren chicos, lloren

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Hace un tiempo cité esta nota de La Nación donde varios famosos hablan sobre qué se espera de los hombres. Una cosa que me llamó la atención fue como, si bien estas personas habían sido entrevistadas individualmente, todas tenían las mismas dos o tres cosas para decir. 

Una de estas cosas partía de una premisa bastante simple: los hombres sienten mal. Es fácil de entender, el hecho que no expresemos nuestros emociones constantemente, que no lloremos en público, lleva a una masculinidad tóxica que no nos permite sentir libremente. Si tan solo nos expresáramos con la misma intensidad y frecuencia que lo hacen las mujeres, todos los problemas de nuestra sociedad estarían resueltos.

Hay varios errores en un planteo como este, pero me gustaría quedarme con uno en particular.

 

La jerarquía del llanto

“¿Por qué llora un bebé?” es una pregunta que tiene más de siete millones de resultados en google y los artículos que la contestan tienen, después de las respuestas más simples (tiene frío, hambre, sueño), algunas respuestas un poco más… inesperadas, por lo menos para mí que no tengo hijos.

Entre ellas: la etiqueta de la ropa le molesta, la tela de la ropa le molesta, tiene un pelo enroscado alrededor de un dedo y le molesta, quiere que le presten más atención, quiere que le presten menos atención. 

Pero hay una conclusión que se puede sacar de esto: llora porque necesita ayuda. Y necesita ayuda para todo, así que llora por todo. A medida que va creciendo y deja de necesitar ayuda para todo, deja de llorar por todo. Es bastante común que el hermanito mayor tenga envidia del menor. Entiendo que tiene que ver con esto. Ya que no le van a prestar tanta atención como antes, ya no va a poder llorar tanto como antes. 

Así, de a poco, se va formando la jerarquía del llanto. Quien esté abajo de todo, en este caso los bebés, pueden llorar constantemente y quién esté arriba de todo, en la difunta sociedad patriarcal, los hombres, no pueden llorar nunca. Esto no existe de una forma caprichosa y arbitraria. Existe porque cumple una función.

Pensá en el caso de un bombero. Suena la sirena, se sube al camión, llega al edificio prendido fuego, patea la puerta y lo primero que ve es un nene de cinco años, tirado en el piso, muerto. ¿Creés que no tiene ganas de llorar? Por supuesto que tiene ganas de llorar, pero tiene también un entrenamiento que le permite no hacerlo. Ahora, este entrenamiento represivo y patriarcal que le enseñó a no desarmarse en lágrimas ante la primer injusticia con la que se cruce tiene un objetivo claro. Hay otros nenes de cinco años en ese edificio, vivos, a los que puede salvar. Si sus sentimientos no lo paralizan, dicho está. Sabe bien que va a tener toda la vida para llorar, pero para salvar a esos chicos no.

Entiendo que esto es una verdad desagradable. Hace poco al plantear alguna variante de esto me dijeron, “¿qué, si se mueren tus viejos no vas a llorar?”. Y sí, por supuesto. Es más, en mi trabajo el convenio colectivo da (creo) dos días de licencia ante la muerte de un padre. Así que me los tomaré y volveré al trabajo el tercer día.

Pero digamos que esto me afectó demasiado. Llego a mi trabajo y no puedo cumplir ninguna de mis funciones, necesito más de dos días. Mi jefe va a sugerir alguna solución alternativa, que me tome vacaciones por ejemplo. Entonces me voy dos semanas de vacaciones y cuando vuelvo me encuentro con que el tiempo no cambió en nada mi situación emocional y sigo con muchísimas dificultades para cumplir con mi trabajo, que se fue acumulando con el paso de los días. 

La situación va a ser incómoda para quien tenga que tomar una decisión sobre esto, pero la verdad es que me pagan un sueldo por cumplir una función que no estoy cumpliendo. En el mejor de los casos me darán una licencia psiquiátrica y entre mis compañeros se repartirán mi trabajo. En el peor de los casos, despido con causa y  reemplazo. 

Pero mi caso no sería muy distinto al del bombero. Quizá no haya tanto en juego, pero la conclusión es la misma. Es un objetivo saludable que una sociedad busque ser lo más cómoda y confortable para las personas con dificultades, pero incluso ahí vas a necesitar gente que esté en el tope de la jerarquía del llanto. 

Ahora, ¿es posible que enseñarle llanto a los hombres y resiliencia a las mujeres cumpla un objetivo en particular? Sí, pero ese es un tema para otro día. 

Date cuenta

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Imaginate esto: vas manejando de noche y frenás en un semáforo. Sentís movimiento cerca tuyo, cuando mirás ves a un flaco que te está apuntando un arma y te dice “bajate”. Tratás de no entrar en pánico y despacio te bajás del auto. Quien sea que te está robando, sube al auto y se va.

Cuando pensás la pérdida, la denuncia que vas a tener que hacer, los trámites con el seguro y el garrón obvio de no tener el auto, ¿te va a importar la apariencia física del tipo? Si el ladrón era bajito, gordo y feo, ¿te molestaría más tu situación actual que si fuera Mr. Músculo? Si te hubiera robado el Brad Pitt de 1997, ¿irías a tomar el colectivo la mañana siguiente con una sonrisa en la cara? No creo.

Más importante aún, vas a hacer la denuncia policial más allá de su atractivo físico. El hecho en sí no cambiaría y cuando cuentes lo que te pasó al policía que te esté escuchando vas a describir los rasgos físicos de este tipo pero para que lo identifiquen/metan preso y no como una forma de agravar o alivianar la situación.

Voy a esto porque hace poco escuché a una compañera de trabajo de unos cincuenta años contar una historia de acoso laboral que me llamó la atención.

Ustedes saben cómo soy yo, a mí me gusta joder y hacer comentarios picantes todo el tiempo pero hay cosas con las que no se joden.  En el sector donde estaba antes de venir acá había un gordo horrible que no sabía cuándo parar. Tenía rulos y le decían “el diego”, supongo que en algún momento se habrá parecido a Maradona cuando era joven pero para mí se parecía más al Maradona del partido despedida. Siempre, cuando lo abrazaba para saludarlo, él tardaba en soltar y me apoyaba. Intentaba apoyarme, bah, la panza casi no lo dejaba. Yo eso lo fui tolerando porque no me parecía tan grave, hasta que un día se ve que tomó mucho en la comida porque cuando yo me iba y lo fui a saludar me agarró y me clavó un beso. Lo saqué en seguida y lo mandé a la mierda, empecé a los gritos ahí en la oficina, no me importó nada. Me dio mucha bronca porque yo nunca le di cabida para que él hiciera eso. Si yo le doy luz verde a un tipo que me haga lo que quiera pero nunca le di ninguna señal a este para que me diera un beso. El gordo se disculpó rápido y después el trato fue mucho más frío, obvio. Ahora me pregunto yo, ¿cómo se puede ser tan pelotudo para no darse cuenta que yo no lo podía ni ver?

 

El pecado original

La verdad es que me costó entender que estaba mal con esta historia. Me hizo ruido cuando la escuché, pero cuando vi que todos mis compañeros de trabajo asentían en silencio y se limitaban a acotar “no, que zarpado” pensé que era cosa mía.

Cuando me puse a pensar en frío entendí un poco más que era lo que realmente le molestaba. El hecho que un hombre que para ella tenía un bajo atractivo físico se sintiera habilitado para darle un beso en frente de todos la ofendió más que el beso en sí.

Por supuesto que mi primera reacción a esta idea fue rechazarla, casi como un reflejo motriz. En líneas generales, no está bien visto dudar del testimonio de una persona que cuenta algo feo que le pasó y sin duda ella contaba esta historia considerándola acoso laboral. Me costó un poco aceptar que lo que estaba en debate acá no era el clásico “tenías la pollerita muy corta”, sino otra cosa: lo que esta mujer consideraba inaceptable tomaba un giro de 180° dependiendo exclusivamente de la atracción física que sintiese hacia la persona que llevó a cabo esta acción.

En otras palabras, si Brad Pitt le roba el auto, ella se va a tomar el bondi con una sonrisa de oreja a oreja.

El no ser lindo se transforma en una especie de pecado original según el filtro que se usa para determinar que tan ofendida se va a sentir y, en consecuencia, que tan grave va a ser lo que sea que haya hecho el varón en cuestión.

 

Señales

La parte de la historia que más me llama la atención es:

Si yo le doy luz verde a un tipo que me haga lo que quiera pero nunca le di ninguna señal a este para que me diera un beso.

Lo que marca la ofensa, sumado a su fealdad, es la incapacidad de este tipo para entender las señales que esta mujer le mandaba. Su falta de viveza para leer entre líneas y captar el mensaje que ella realmente estaba tratando de transmitir.

El inconveniente con esto es claro: que es una señal y que no suele ser subjetivo para cada mujer. “La apoyo cuando me abraza y ella tarda en soltar, debe estar muerta conmigo. Además, si hiciera lo mismo con otra compañera de trabajo me pega un cachetazo enseguida”, probablemente haya pensado el pobre gil.

Poco a poco, el ser torpe socialmente y tener dificultad para descifrar esta comunicación indirecta o encriptada empieza a transformarse en una característica que trae consecuencias graves. Se terminó la época en la que los hombres se preguntaban “¿qué quieren las mujeres?” de la misma manera que los cavernícolas se preguntaban por qué llueve.

Ya sea para un hombre que busca protegerse de terminar compartiendo la historia de su repentino y trágico divorcio en un foro de internet con otros hombres que vivieron una situación parecida, o para uno que busca evitar ser el feo, desubicado, pijacorta que no supo leer las señales y terminó con una queja en recursos humanos (que no suelen aplicar eso de “inocente hasta que se pruebe lo contario”), el potencial precio a pagar por no tener la respuesta a esta pregunta es más alto que nunca.

Pibas bien

Hace un par de años se hicieron virales unos audios de whatsapp de un pibe al que le gustaba la joda más que el dulce de leche. El primero arrancaba diciendo “escuchame, fresco” y la gente le empezó a decir “el fresco”. Lo nombro porque tiene un audio en particular, en el video que voy a linkear empieza a los 4:50, donde ilustra bastante bien de lo que quiero hablar.

edit 03/01/2019 – borraron el video de youtube y no pude encontrar nuevamente el audio, por suerte acá está transcrita la parte a la que hago referencia

Fui ayer boludo, re lindas minas no sabés. Tipo minas de facultad, ¿entendés? No putas como conocemos nosotros que no conocemos una piba bien. Todas minas bien eran. Ahí tenemos que apuntar boludo y basta de putas, que es lo que más me gusta, pero basta.

Para empezar, esto no es nada nuevo, la idea de distintos estratos de calidad entre lo que entendemos como mujeres sexualmente activas (siempre se habla de chicas o pibas bien y nunca señoras, ya que el señora da a entender en sí mismo que porta ese título) existió siempre. Por lo menos en cuanto a cultura popular refiere lo primero que se me viene la cabeza es el tango “pucherito de gallina” (1951) donde ya se hablaba de un bar donde llegaban “chicas mal de casas bien con esas otras chicas bien de casas mal”.

Al escuchar el audio de whatsapp de el fresco o pucherito de gallina se da implícita esta idea que, de alguna manera, el filtro sexual que tiene una mujer marca su nivel de calidad. Tan sutil como una patada en los dientes, el fresco distingue entre pibas bien y putas.

Esto viene siendo diseccionado por el feminismo desde la revolución sexual de los 60, por lo que no considero tenga mucho para aportar en ese aspecto. Lo que sí me interesa profundizar es como esa dinámica sobrevive y es usada para reescribir la realidad en el caso de algunos hombres a los que, por cuestiones prácticas, simplemente me voy a referir como “pagafantas”.

 

La profecía auto cumplida del pagafanta

Antes que nada, la aclaración correspondiente. Uso “pagafanta” como un término abarcativo en el que entra aquel hombre que a la hora de seducir una mujer elige hacerlo desde la demostración de características que apunten a su capacidad como proveedor. Ya sea de una forma explícita (ofrecerse a pagar un trago) como indirecta (hablar de lo importante que es su trabajo).

Yendo directo al ejemplo, hace poco me pasaron una nota de La Nación titulada 20 mujeres y 20 varones responden: ¿Qué se espera de los hombres?. En ella distintas personalidades de la esfera pública (actores, políticos, escritores y sus /as) analizan que expectativas estaban puestas sobre el hombre argentino hoy. La pregunta obvia sería, si los hombres no tienen ningún decir en la reconstrucción del rol de la mujer en la sociedad, por qué la mujer tendría que tenerlo en las expectativas que hay sobre los hombres y lo más seguro es que desarolle esta pregunta en otro posteo.

Yendo al tema de hoy, me interesa esta parte de la respuesta de el escritor Federico Andahazi.

¿Qué se espera hoy de mí como hombre? Depende. A veces confundimos lo que esperan de los hombres las mujeres con lo que esperan los otros hombres. Lo escribí En los amantes bajo el Danubio: “Los hombres suelen atribuir a las mujeres una fascinación por cosas que, en general, les son por completo indiferentes cuando no repudiables. Presuntos atributos de virilidad y poder tales como la fuerza física, la destreza para la pelea o la disposición a humillar a quienes consideran sus rivales no son condiciones que las mujeres inteligentes suelan valorar”.

Hay un razonamiento medio rebuscado en lo que dice Andahazi pero voy a hacer mi mejor esfuerzo en desenmarañarlo.

Empieza planteando que algunos atributos que a él le faltan (fuerza física, capacidad para la pelea) no les calienta a las mujeres y son una atribución errada a su deseo de parte de los hombres. De cualquier manera, en seguida aclara que esas son condiciones que las mujeres INTELIGENTES no suelen valorar. Ahí aparece la misma valoración que hace el fresco, pero desde un ángulo distinto. Si el fresco habla de pibas bien vs putas, Andahazi se refiere a algo así como mujeres inteligentes vs, digamos, superficiales.

Es simple: si alguna mujer se siente atraída a Esteban Lamothe o Ryan Gosling es de menor valor, tonta y superficial. Por otro lado, si la mujer en cuestión sabe apreciar la inteligencia y el sentido del humor estaremos en presencia de una mujer digna, buena e inteligente. No hace falta aclarar que cuando alguna mujer “superficial” empiece a buscar hombres del segundo grupo y se sienta atraída a él, la explicación será que “maduró, se encontró a sí misma” o que “es mucho más inteligente de lo que parece” y se verán más que dispuestos a perdonar las indiscreciones de su pasado.

Adoptar esta forma de pensar es muy conveniente para cualquier hombre que busque justificar sus elecciones ya que no requiere que modifique su comportamiento de ninguna manera. Entendemos esto, entonces, como la profecía auto cumplida de los pagafanta.

Me parece entendible encontrar este razonamiento en hombres del estilo de Andahazi, ya que la alternativa (ir al gimnasio, vestirse mejor) sería una traición total a todo lo que ellos pretenden ser. Sin embargo, al no hacer esto se privan a sí mismos de encontrar el error en su planteo.

No importa los libros que haya leído una mujer o los títulos universitarios que tenga colgados en la pared, no existe un reemplazo para la atracción física cruda y visceral. No existe mujer en el mundo que vaya a ver la última película de los Avengers y piense “ay, sí, Thor es alto, rubio, lindo y ¡mirá esos brazos! Lástima que yo fui a la facultad así que me gusta Bruce Banner”.

Si el hombre no aparece

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Los chicos que crecen sin un padre no son un invento de esta época. Si bien es cierto que el castigo social a una madre soltera hace un tiempo era grave y hoy no pasa de memes en Taringa sobre “madres luchonas”.

Ahora, una de las diferencias culturales que afecta a esos chicos es la tele. Un par de décadas atrás tranquilamente mamá se podía ir a trabajar y el nene quedaba mirando la tele con la abuela. La tele ofrecía modelos de masculinidad que servían de guía a ese chico que no tenía ninguna referencia sobre quienes son los hombres, como se comportan, que dicen, que piensan.

Roles positivos de masculinidad desde la competencia y la fuerza física, como Karadagian, desde la sensualidad y la seducción, como Sandro, o desde la intelectualidad, como Tato Bores.

Ahora, a la actualidad, prendé la tele: ¿sabés con que tipo referente de la masculinidad te vas a encontrar?

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Sí, Pepe Argento. Si bien Los Argento tuvieron dos temporadas en 2005-2006 nunca salieron del aire, yendo de llenar espacio los fines de semana con los Simpsons a ocupar grilla todos los días a la tarde más de diez años después.

Las series de EEUU tenían como regla al padre atento y responsable. A modo de novedad, a fines de los ’80 se introdujo la familia disfuncional con el padre pijamuerta de la versión original de Married… with Children o el caso de Homero Simpson.  La novedad fue tan exitosa que se hizo eco en la mayoría de las sitcom que giran alrededor de una familia y terminó siendo la nueva norma, a tal punto que cuando Bob’s Burgers reintrodujo al padre atento y responsable treinta años después fue toda una sorpresa.

Pepe Argento es la versión Manaos del clásico padre de familia. A pesar de que trabaja y es el sostén de la familia su mujer lo descansa todo el tiempo por eyaculador precoz y sus hijos lo tratan de cajero automático. Aunque sin él estarían todos en la calle, Pepe no logra que le regalen un mínimo de afecto o una comida que no sea de delivery.  El único otro hombre que aparece en el programa es su vecino Dardo, que vive reprimido bajo el control de una mujer dominante y de vez en cuando explota escapándose con un par de putas, aunque suele volver con miedo y pidiendo perdón a su casa.

Los hombres son inútiles, descartables, reemplazables, incluso cuando no lo son. Esto tiene, por supuesto, un rebote en la vida real.

Tano Pasman y el Niño Arte

El miércoles 22 de Junio de 2011 River perdió 2 a 0 el primer partido de la promoción contra Belgrano de Córdoba que lo terminaría mandando a la B. Pocas horas después de terminado el partido ya daba vueltas por redes sociales el video de un hincha de River sufriendo.

En el video se ve un hombre de unos cincuenta años, sentado solo en una esquina de su casa con un televisor, mirando el partido y pasandola muy mal. Su familia está detrás de cámara, mirando el partido pero más que nada mirándolo a él. El video tiene un par de ediciones que aclaran, por ejemplo, “NO SE TE ROMPIÓ LA COMPU, ÉL SE QUEDÓ HELADO!” ante la inmovilidad del tipo cuando entran unos encapuchados a pegarle a los jugadores.

Dura como seis minutos, hay varias perlas, entre ellas en un rapto de furia el tano se levanta, agarra un adornito o algo así y le pregunta a su mujer, pidiendo permiso “¡¿qué es esto?! ¡¿ lo puedo romper?!”

Ni siquiera a los guionistas de Los Argento se les ocurrió algo tan genial como “los chicos filman a Pepe mientras la está pasando mal y todo el país se termina riendo de él”, aunque para ser justos en el 2005 no había redes sociales. Bah, ni youtube había en 2005.

Ahora, ¿qué pasa cuando un nene crece sin una figura paterna presente y las únicas que le brinda la tele o internet son como Pepe Argento o el Tano Pasman?

El niño arte. Eso pasa. Si no pueden ver el video, un noticiero de Bahia Blanca mandó una cámara a un Centro Cultural en el que se estaban llevando a cabo distintas actividades. En un taller de… no sé bien qué, ¿bricolaje? encontraron entre todas las mujeres de mediana edad un niño que no llegaría a los diez años. El periodista se le acercó a entrevistarlo y desde que empezó a hablar quedó muy claro que ese chico no había sido expuesto a una influencia masculina saludable en su vida. Hablaba como una señora de sesenta años.

¿El objetivo es la feminización total, el rechazo de facto de cualquier cosa que pueda llegar a parecer una masculinidad tradicional?

Es difícil de discernir, pero más difícil es no sacar esa conclusión.

A modo de cierre, el final de Grande Pa midió más de sesenta puntos de rating. La trama principal de ese programa era que Arturo Puig queda viudo con tres hijas. Considerando que para que crecieran de una buena manera también necesitaban una influencia femenina, contrata a María Leal como mucama y terminan juntos.

Cambiemos los géneros, ¿qué chances hay de una remake en la que una mujer queda viuda, tiene que criar a tres hijos varones y considera que es un trabajo que no puede hacer sola, por lo que contrata a un hombre para que la ayude?

Sí, me imaginaba.