Los feministos

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Me interesa en este posteo desarrollar un poco el personaje del hombre feminista, pero antes quiero hacer una aclaración. Creo que en esta época todos son feministas. Hombres y mujeres. Las ideas que ocupaban la cabeza de la feminista más radical hace setenta años hoy forman parte del sentido común e incluso son reproducidas por los personajes públicos más antifeministas contra pañuelo verde que existan (Laje? Gómez Centurión? Hotton?).

El divorcio unilateral y el voto femenino son dos de los ejemplos más marcados de este caso. Indiscutidos a tal punto que ni siquiera se los plantea como posible debate dentro de la discusión pública. Se habla sobre cupos de género sí, cupos de género no. Se habla de educación sexual en las escuelas sí, educación sexual en las escuelas no. Pero la discusión sobre sí darle el voto a las mujeres fue o no una buena idea es un planteo que directamente no forma parte del sentido común colectivo.

No estoy diciendo acá que las mujeres no tienen que votar ni que el divorcio tiene que dejar de existir. Lo que me interesa es como distintas ideas pueden ser radicales en un momento, neutras en otro, conservadoras años después. Por eso me parece inocuo cuando escucho a una persona que delegó la mayoría de sus decisiones ideológicas al inconsciente colectivo declararse así misma como “no feminista”.

Dicho esto, hablemos de los hombres pagafanta que se cuelgan el pañuelo verde de la mochila.

 

Feministo

Hay una situación fundacional en la vida de la mayoría de los hombres que no es tomada con la importancia que tiene o se piensa como un “que loco, no?” y no más que eso. Sin embargo, si se examina bien y se extrae el aprendizaje que corresponde puede ser una experiencia transformadora.

La situación es simple: la primera vez que el hombre en cuestión escuchó a una mujer decir x pero vio como luego hacía y. La primera vez que una chica los rechazó con la excusa que no quería estar con nadie y a las dos semanas estaba con un muchacho muy distinto a ellos. La primera vez que escucharon llorar a una compañera del colegio sobre como odiaba a los chicos cancheritos que querían todas las otras pero después verla hacer fila para estar con ese mismo muchacho.

Se entiende a lo que voy. El motivo por el que considero esta situación fundacional es porque tiene el potencial de marcar a fuego el resto de la vida del hombre que experimenta esa situación.

Aclaro: del hombre que experimenta esa situación como espectador. Porque el hombre que escucha que una mujer dice que quiere alguien confiable y sincero, pero a las dos semanas está con él, que es un confirmado mentiroso e infiel, rápidamente aprende la lección y a futuro no se deja guiar por palabras sino por acciones.

Pero nuestro hipotético pagafanta no vive esa vida. A él le toca mirarla desde la platea y aplicar los filtros que aplica para sí mismo. Y si esta chica en cuestión dijo que quería alguien confiable y honesto y después se fue con el inestable y mentiroso es porque este hombre en cuestión la engañó. Porque es un violento. Porque es un machito.

De esta manera arranca la máquina de hacer feministos. Los hombres que a la hora de buscar conseguir intimidad sexual con una mujer lo hacen desde el confort. Sus acciones tienen como punto de partida el poner a las mujeres como prioridad y buscar hacerlas sentir cómodas con su presencia como estrategia para que los consideren una potencial pareja. Entonces sí la mujer en cuestión es feminista, ellos también se harán feministas. Porque él la leyó en redes sociales quejarse de los “machirulos” de la facultad, de los “raules” con los que trabaja y entendió rápidamente que para caerle bien debe ser distinto a ellos.

En la cabeza de estos hombres, el adoptar la ideología feminista, ir a las marchas, colgarse el pañuelo verde los separa de la mayoría, los hace diferentes. El feministo cree que existe un mar de “machos, fachos, raules, machirulos, violadores hijos sanos del patriarcado” y él es el único valiente, verdadero hombre, dispuesto a patear contra eso, cosa que lo va a hacer más valioso a los ojos de las mujeres.

Hay dos errores graves en cuanto a esta línea de pensamiento.

Por un lado, como desarrollé al principio de este posteo, la mayoría de los hombres son feministas. Por más que no tengan el pañuelo colgado y crean que no, lo son. Escuché, palabra por palabra los mismos argumentos en cuanto a tópicos como, por ejemplo, el acoso callejero/laboral a una feminista de pelo verde militante universitaria y a un hombre divorciado de cincuenta años votante de Gómez Centurión.

Entonces no están diferenciándose de nadie. Están, simplemente, tomando una posición radical sobre un pensamiento que comparte con el resto de las personas.

Pero eso no es lo más grave, sino un simple error de percepción de cantidades.

Lo que sí representa un error grave en la construcción de su personalidad para el feministo es la creencia que sus acciones lo hacen más atractivo a las mujeres. Esto es realmente grave, potencialmente peligroso y sin duda la fuente de mayor amargura y frustración cuando el feministo estalla.

El feministo, ante su falta de experiencia y resultados positivos con las mujeres decide escuchar lo que ellas quieren. Suena lógico, no? Si uno quiere saber que quiere una persona qué mejor que ir y preguntarles. Entonces el feministo escucha atentamente a las mujeres que él desea decir que están hartas de los machitos que son violentos y temen el involucrarse emocionalmente con ellas. Las escucha quejarse que las dejan plantadas, que no les contestan los whatsapp, que le clavan el visto. Escucha el feministo, atento, toma nota.

Una vez que consiguió la suficiente información, desarrolla su personalidad alrededor de eso. ¿Las chicas se quejan de los hombres que no están disponibles emocionalmente? El feministo va a llorar y escribir poesía como nadie. ¿Qué les clavan el visto y no le contestan los whatsapp? El feministo va a estar pegado al teléfono para evitar que estas cosas pasen. ¿Qué son egoístas y no piensan en ellas? El feministo va a destruir cualquier percepción de sí mismo y se va a dedicar a hacer el objetivo de su vida el confort del género femenino.

Esto le funciona, hasta cierto punto, ya que no es mentira que el confort sea un atractivo para las mujeres. Así que el feministo se ve recompensado con atención femenina, lo que lo hace pensar que está más cerca de lograr algún tipo de intimidad. “La fila se mueve, debo estar más cerca de que me atiendan a mí”, piensa el feministo. El problema es que él cree que está en la fila de los sementales, cuando en realidad está en la fila de los burros de carga.

 

 

Discreción

Una de las cosas que más interesantes me resultan de esta época es la mutación que sufrió la discreción y quienes emiten el juicio y señalan las acciones sexuales de las mujeres.

Durante el patriarcado, el juicio y chusmeo sobre la vida sexual de una mujer… ¿libertina? ¿bataclana? No se que términos se usaban antes pero me entienden. En fin, el señalamiento de esa mujer provenía, en su mayoría, de otras mujeres. Ningún hombre se quejaba del bajo filtro de la mujer en cuestión para buscar potenciales compañeros. Como mucho su vida sexual bajaba su posible calificación como potencial candidata para formar familia (espectro madre-puta) pero no era visto como algo netamente negativo.

Ante la toma de ciertas decisiones, esta mujer corría el riesgo de generares una reputación y se veía en peligro de ser aislada del grupo de mujeres. Por lo tanto buscaba guardar las formas, buscaba ser discreta para evitar dicho juicio de otras mujeres.

Actualmente las mujeres no juzgan entre sí su actividad sexual. O no lo hacen ni en pedo de la manera que lo hacían antes. Sin embargo todavía se encuentran en una situación que no las obliga, pero sin duda las condiciona a cuidar ciertas formas. ¿Ante quién?, ante el feministo.

Ellas necesitan al feministo, ya que hace su vida más fácil: las baña de favores, reproduce su ideología, adopta sus prioridades y es un agente clave para patrullar el pensamiento y comportamiento masculino. Cuando no haya una mujer cerca para cruzarse de brazos ante ciertas acciones de los varones allí estará el feministo para ocupar su lugar.

Es un aliado estratégico, sin duda. ¿Entonces por qué guardar las formas ante él?

Porque, por más que se parezca a una, el feministo no es una mujer. Por lo tanto no pueden confiar plenamente en él de la misma manera que pueden confiar en otras mujeres.

De esta manera, se vuelve clave que el feministo no sepa todo, ya que es un riesgo. Si los varones feministas supieran que sus “amigas” tienen sexo con policías violentos votantes de Gómez Centurión y que ellas les cocinan y planchan el uniforme, morirían de furia y confusión. Sí, ejemplo exagerado pero la idea es simple. Si el feministo entendiera, finalmente, que las mujeres no gravitan hacia el machito por un engaño, confusión o violencia sino por una atracción cruda, primaria, animal entonces probablemente dejaría de ser feministo y las chicas no pueden permitirse eso porque sino, ¿de quién se van a reír?