De barberías y monopatines

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El año pasado y después de mucho tiempo usándola tuve que llegar a la conclusión que mi campera de gabardina favorita estaba muy rota como para seguir saliendo a la calle vestido con ella. Busqué un reemplazo, algo parecido en Mercadolibre, entre a cientos de locales de ropa para hombre, no encontré nada igual. Acepté que iba a tener que cambiar de vestuario, pero algo me llamó la atención durante mi búsqueda: la demencial cantidad de camperas de cuero negras que me fueron ofrecidas.

Así que me quedé con eso y, poco a poco, empecé a ver cada vez más gente en la calle vestidos de esa manera. Muchas mujeres con campera de cuero y remera blanca salían de noche inundando las calles de Palermo y el centro. Muchos tipos con pinta que nunca se habían cagado a piñas en su vida también. 

Poco a poco, el uniforme del nuevo varón porteño se iba presentando claro ante mis ojos. La campera de cuero negra, la camisa leñadora, la barba exageradamente larga tratada con aceites y recortada profesionalmente en barbería, el monopatín eléctrico. Hay un motivo por el que eligieron este uniforme (aunque la mayoría no haya elegido y simplemente esté siguiendo), hay un denominador común en todo esto, pero vamos de a poco. 

 

El motoquero y el leñador

No hay mucho misterio, claro, que la campera de cuero negra corresponde al arquetipo del motoquero que anda en Harley Davidson por la ruta, melena al viento, renegado y libre luego de él haber rechazado las normas que la sociedad le imponía. La película Easy Rider (Busco mi Destino) quizá el mejor ejemplo, Pappo quizá el más nuestro.

No sé si haga falta decirlo pero por las dudas ahí va: para estos hombres la campera de cuero representa una utilidad y no un adorno, si se pegaban un palo en la ruta la campera de cuero iba a soportar bien el daño contra el pavimento. 

Este tipo de hombres formaron un arquetipo clásico de masculinidad por su alta tolerancia al riesgo y constante coqueteo la muerte en un accidente de tránsito y su representación de la independencia y la libertad. No dependen de nadie y nadie depende de ellos. Cuando a la moto se le pincha una rueda la emparchaban ellos y no se quedaban sentados en un banquito esperando a que llegue el autoauxilio. 

El leñador no representa la libertad de la misma manera pero sí la autosuficiencia. Un hombre con la competencia y fuerza física necesaria para talar árboles con un hacha, pelear con potenciales animales que se encuentre en el bosque, poder calcular para que lado va a caer un arbol de diez metros de alto que pesa cientos de kilos y mata a cualquier ser vivo que le caiga encima. 

Al igual que la campera de cuero, la camisa a cuadros roja y negra y la barba larga también cumplen sus funciones. La camisa permite ser identificado de lejos, la barba protege del frío. No existen como decoración, sino que cumplen un rol dentro del estilo de vida del hombre en cuestión. 

 

Y ahora qué

¿Sabían que los pibes que trabajan haciendo mensajería en motitos en microcentro no se dicen a sí mismos motoqueros? En serio, se dicen “moteros”. Ese es el nombre que usan para describirse en su mayoría. Si les decís motoqueros te corrigen, como el colectivero que te corrige si le decís colectivero y quiere que le digan chofer. Eso me resulta fascinante. 

No digo que sea por respeto a la figura del motoquero sino el reconocimiento de que son algo completamente distinto a ellos y lo único que comparten es el hecho que anden en moto. Sus funciones y valores son distintos. La figura del motoquero es independencia y rechazo a la sociedad. La figura del motero es trabajo precarizado en relación de dependencia.

El mismo uso de la moto como medio de transporte cambia. No solo para los moteros sino para cualquier persona que ande en moto. Si originalmente la Harley Davidson era algo que representaba libertad, para poder transitar por la ciudad en moto actualmente se requiere una licencia de conducir, seguro al día, patente visible, chalequito fosforescente y casco puesto porque si no te ponen una multa. Un mecánico de confianza, un lugar bueno donde estacionarla, una cadena para atarla a un poste para que no te la roben y después andar con el casco encima todo el día.

¿Suena a libertad eso, a independencia?

A lo que voy es simple: Los rasgos del arquetípico hombre viril actualmente se ven adoptados como la carcasa de lo que fueron. La barba, la campera de cuero, la camisa de leñador y la moto son usados por el hombre porteño del siglo XXI como un triste intento de retomar los adornos de lo que alguna vez representó libertad y autosuficiencia. De la misma manera que hace decenas de miles de años los hombres usaban la piel de un oso con la creencia que de esta manera podrían adoptar su fuerza, el varón castrado actual toma la campera de cuero con la esperanza de que, envuelto en ella, se va a sentir libre.

Entiendo que puede sonar mala leche lo que planteo, no es mi intención que quién lea esto salga corriendo a prender fuego su campera de cuero ni sienta vergüenza por usarla, sino simplemente hacer una radiografía del nuevo tipo de personas con las que me toca convivir en Buenos Aires en el siglo 21 de la manera más fidedigna posible. 

 

Toma de riesgo y adquisición de recursos

Empecé este posteo hablando de Mercadolibre. Hoy, en 2020, Mercadolibre no es una empresa sino una institución. Marcos Galperín cumple un rol importante dentro de la elite argentina, sacan spots durante las elecciones y la app de Mercadopago tiene +10 millones de descargas en la store de Google. Su acción en la bolsa pasó de valer 10 dolares en 2008 a +600 hoy.

¿Qué tiene que ver esto con lo que venía hablando?

Cuando, en 2008, vos le decías a un amigo o familiar que te ibas a encontrar con alguien porque compraste algo por Mercadolibre te miraban como si les dijeras que te ibas a meter en el medio de La 12 cantando “que feo ser bostero y boliviano” en cuero y agitando los bracitos. 

En otras palabras, hace diez años comprar por Mercadolibre para la mayoría de las personas representaba tomar un riesgo. Lo mismo cuando apenas se empezó a usar Uber.

Estoy dando vueltas pero lo que intento decir es que por más que la narrativa cultural actual deje cada vez menos lugar a la masculinidad clásica y se haga un esfuerzo activo para ridiculizarla es un intento en vano si se logra identificar cuales son los valores que siempre fueron, son y serán valorados en los hombres.

La toma de riesgo, la fuerza física y espiritual, el estoicismo y la capacidad de no reaccionar emocionalmente a cualquier inconveniente que la vida te tire. La disciplina, la resiliencia, la adquisición de recursos. La confianza en uno mismo y la capacidad de proteger seres queridos. 

Pocas cosas me resultan más tristes y a la vez entretenidas que escuchar como se le aguza la voz a un cincuentón que se muestra frustrado e impotente ante los estragos del feminismo, que se queja sobre como ya no sabe que hacer ni qué decir porque cedió control de su vida y dejó que sus acciones se vean influenciadas por una narrativa que impulsan adolescentes de pelo verde. Escucharlo hacer malabares mientras busca no ofender, tropieza con sus palabras, se define a sí mismo como feminista.

Para cerrar esto, quiero dejar esta metáfora que, como toda buena metáfora, incluye a Hitler. 

Hitler compartía objetivos con Napoleón. Él lo sabía. Sin embargo no le dio a su ejército bayonetas y los subió a caballos como hizo Napoleón, sino que entendió el cambio de época y uso tanques y armas automáticas. De eso se trata.